Rambután: la roja y peluda

Nephelium lappaceum L.

Cuando me ofrecieron rambután por primera vez experimenté una indiscutible repulsión. Las espinillas sinuosas que brotaban de la piel me provocaron una asociación inmediata con el cabello lleno de serpientes de la mítica Medusa. Recuerdo que me la pusieron en la mano izquierda. Con circunspección – pero haciendo el gesto que corresponde para no lucir un foodie de mierda-, hundí la uña del pulgar derecho entre las espinas. Rasgué la cáscara, y saqué una semilla ovalada, de pulpa firme y lustre opalino y resinoso. El primer mordisco me trajo al paladar algo de la acidez de la guanábana. El segundo, algo de piña dulce. Con el tercero, eché al olvido la imagen del pelo serpentino de Medusa. Entonces pregunté quien cosechaba esa deliciosa fruta, ovalada, de color amarillento rojizo llena de pelos.

Esta curiosa fruta lleva nombre masculino en castellano: el rambután. Es un derivativo del malayo rambut, que significa pelo. La mayoría de los comentaristas están de acuerdo en que el árbol del rambután es originario de Malasia e Indonesia. Igual, consideran que se cultivaba en estas regiones desde tiempos prehistóricos, y que siglos después los comerciantes árabes que viajaban entre Arabia, India y Africa lo llevaron a otras tierras, específicamente las Islas de Zanzíbar y Pemba, en la costa Oriental Africana.

Sobre el arribo del rambután a tierras americanas y a Puerto Rico no hay nada certero. Algunos intérpretes indican que arribó primero a Honduras, y luego pasó a Costa Rica llevada a este último país por la frutera multinacional United Fruit Company, en la década de 1960. Pero un boletín difundido en Honduras en 2017 por el proyecto Fortalecimiento Comercial de Empresas, Promoción de Exportaciones e Inversiones – que es patrocinado por la Asociación Hondureña de Productores de Rambután-, considera que fue a Puerto Rico a donde llegó por primera vez, indicando que fue a principios del siglo XX. Mas sobre esto, hasta el día de hoy, no he encontrado evidencia alguna. Incluso no hay referencias a la fruta en los tratados botánicos de Puerto Rico de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Lo que sí es cierto es que, en 1999, y con el auspicio del Departamento de Agricultura Federal y el la Estación de Investigaciones en Agricultura Tropical del RUM, comenzó a experimentarse con el rambután en Puerto Rico, sembrándose cinco especímenes en Corozal y en Isabela. Los experimentos estuvieron a cargo de los científicos Ricardo Goenaga y David Jenkins. Los rambutanes sembrados rindieron sus primeros frutos en el 2005. En el reporte de los resultados, publicados en 2011 en la revista Hort Technology, los científicos establecieron que el objetivo era experimentar las posibilidades del rambután para exportación a los Estados Unidos, toda vez que el aumento en el consumo de frutas exóticas se visualizaba como un potencial mercado en las ciudades más cosmopolitas. Igual, según los científicos, los únicos territorios estadounidenses donde se sembraba rambután eran Hawaii y Puerto Rico totalizando un área de 110 hectáreas.

Actualmente los países de mayor producción de rambután son Tailandia, Malasia, Vietnam, India, Sri Lanka y Filipinas, a donde se llevó en 1912 traído de Indonesia. En estos países se destinan al consumo fresco así como para la elaboración de conservas enlatadas. Curiosamente, la Food and Agriculture Organization de las Naciones Unidas no registra cifras específicas para estos países, pues considera al Nephelium – así como al lichi, la guayaba, el durio y la granadillas- como frutas tropicales secundarias que se cosechan en volúmenes más bajos que las frutas tropicales consideradas principales – piña, mango y papaya-.

Hoy se cosecha el árbol del rambután – además de otros frutales tropicales considerados “exóticas” o no tradicionales- en la agro empresa puertorriqueña Nebai Fruit Graden, que opera en el barrio Hoyamala del municipio de San Sebastián desde el 2002. En tierras más cercanas a Puerto Rico, se cultiva con éxito para exportación en las tierras bajas costeras de Honduras, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Cuba y Trinidad.

La temporada del rambután en Puerto Rico se extiende desde julio a octubre. Aprovéchenla y pruébenla. Pero ojo……no las chupen como las quenepas. Sólo rasguen la cáscara, saquen la semilla completa y muerdan la suculenta pulpa. ¡Ahhhh…..y no se pongan tiquismiquis con el peludo y rojizo! No se convertirán en piedra, como hacia Medusa con todo aquél que la mirara de frente.

Referencias Mínimas

En red
http://fidehonduras.com/documentos/fichas-producto-mercado/
https://journals.ashs.org/horttech/view/journals/horttech/21/1/article-p136.xml#affiliation0
https://noticias.universia.pr/en-portada/noticia/2014/01/09/1073842/rambutan-longan-otras-
quenepas-pueden-cultivar-puerto-rico.html
https://www.nebaifruitgarden.com/


Generales
J.G. Vaughan y C.A. Geissler, The New Oxford Book of Food Plants: A Guide to the Fruit,
vegetables herbs and Spices of the World, 1997.
K. F. Kiple y Ornelas, The Cambridge World History of Food, 2 vols. Vol. 2, 2000.
Melvin Arias e Iván Carlo, El cultivo del rambután o mamón chino. Ministerio de Agricultura de
Costa Rica, 2014.

Pitahaya: la fruta del dragón

Hylocereus undatus – H. costarricensis – H. triangularis

“es coloradísima como un carmesí rosado… y está por de dentro llena de granillos…”
– Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias de la Mar Oceana, 1527

La pitahaya es una fruta tropical de la familia de las cactáceas. Es originaria de las zonas subtropicales de América Central. El cactus – así como su fruta- debió llegar al Caribe insular traído en las canoas de los indígenas agro-alfareros que poblaron las islas venidos de Mesoamérica y del norte suramericano. En estas zonas, la pitahaya se había domesticado mucho antes del descubrimiento europeo de América. Actualmente, en los vocabularios agrícolas de muchas partes de América Latina, se le conoce con diversos nombres: Cactus trepador, Reina de la noche, Pitahaya, Flor de cáliz, Pitajaya y Pitaya, entre otros. De esta se conocen tres variedades, la undatus (de piel rosada y pulpa blanca), la costarricencis (de piel rosada y pulpa roja) y la trianagularis (de piel amarilla y pulpa blanca)

El cactus, que es rastrero y a la vez trepador, no requiere de muchos cuidados cuando se siembra en pequeños huertos para cosechar su vistosa y agradable fruta. Sus raíces no demandan mucha profundidad, amén de que posee otras que le alimentan y que crecen adheridas a la superficie por donde trepa, incluyendo entre las rocas. Aun cuando se puede propagar de semilla, el Hylocereus crece más rápido cuando se siembra de espeques. Una vez arribado al Caribe Insular, la pitahaya debió adaptarse con facilidad al clima caribeño, pues prefiere temperaturas cálidas y húmedas con buena luminosidad, como ocurre en muchas de nuestras geografías insulares.

Siembra de pitahayas

Hacia 1527, la pitahaya rosada (Hylocereus costarricensis -rosada con pulpa roja-, y la pitahaya amarilla (Hylocereus trianagularis, amarilla con pulpa blanca) fueron descritas por primera vez -para el público letrado español-, por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo. Respecto a la rosada dijo: “está por de dentro llena de granillos, como un higo; más esos están mezclados con una pasta y carnosidad…. de color de un fino carmesí rosado y toda aquella mixtión de los granillos y todo lo demás se come…”

Si bien el cronista consideró que era “sana fruta y a muchos les sabe bien”, comentó, sin embargo, que “yo escogería otras antes que a ella.” Muy posiblemente el disgusto le venía por el hecho de que la ingesta de la fruta de pulpa rosada carmesí (la costarricensis), le coloreaba la orina. Al respecto dijo: “Desde a dos horas que se comen dos o tres de ellas, si orina el que las comió, parece verdadera sangre lo que echa.”

En el caso de Puerto Rico, la propagación de la pitahaya -desde el siglo XVI en adelante-, fue ayudada por el clima y algunas características geomórficas (los batolitos, por ejemplo). Igual, debió propagarse de forma silvestre, polinizada, no por abejas, sino por murciélagos y mariposas nocturnas. Al igual de como ocurrió con frutales originarios (algarrobo, anón, jagua, piña, mamey, quenepo, y un largo etcétera), la pitahaya ocupó el paisaje isleño de forma silvestre, dando paso a que su nombre indígena (pitahaya) se convirtiera en apelativo de varios barrios y comunidades de Puerto Rico. En este caso existen sectores y barrios que llevan el nombre de pitahaya en los municipios de Arroyo, Luquillo, Cabo Rojo y Humacao. Y hasta un río en Luquillo y una quebrada en Guayama también lo llevan. Por eso me resulta curioso que en sus estudios sobre la flora de Puerto Rico (1883), el botánico aguadillano Agustín Stahl fuera muy parco al describir las cualidades bromatológicas y gustativas de la fruta. Pero quedó maravillado, no obstante, con su flor. Como sabemos los que tenemos pitahayas, las flores son blancas, grandes, vistosas y solitarias. Su floración ocurre al atardecer entre agosto y septiembre -¡a la vez que brotan sus frutos!-, y permanecen abiertas toda la noche, esparciendo un fragante aroma que dura hasta que sale el sol. Por eso Stahl anotó: “difunden un olor muy fuerte parecido a la vainilla”. Más adelante (1900-1903), los botánicos americanos Orator F. Cook y Guy N. Collins la documentaron en Guayanilla, Coamo y Guayama. En este último municipio, los científicos probaron la fruta por primera vez, describiéndola como una planta “that bore large edible fruits with a delicate and very refreshing flavor.”

El nombre Fruta del Dragón con que también se conoce a la pitahaya, fue acuñado por los vietnamitas, a donde llegó el cactus llevado por los franceses en una expedición que recaló en México en ruta a las Filipinas. En vietnamés, se le llamó Thanh Long, pues su planta y la forma como se entrelaza para trepar se le pareció al aspecto serpenteado del cuerpo de un dragón, animal fabuloso y mítico muy popular en Asia.

En la taxonomía botánica, la pitahaya lleva el nombre de Hylocereus, un hermoso vocablo
compuesto del griego y el latín que significa “cirio de las selvas” (hulos: selva y cereus, cera o vela). Agraciado nombre éste, pues, como se sabe, sus flores abren durante el crepúsculo. Si las observan más adentrada la noche, sobre todo en agosto o septiembre, se darán cuenta que están orientadas hacia la luz de la luna.

Así las ví, como cirios encendidos, la noche que escribí estas líneas. Estaban mirando a la Luna… y eran las 10:15 pm.

¡Temporada de quenepas!

(Melicoccus bijugatus)

Se cree que este arbusto frutal es endémico de Colombia, Venezuela, las Guayanas y Surinam. Si así es, el quenepo debe haber llegado a las islas del Caribe en uno de los largos procesos migratorios de los primeros indígenas agrícolas que poblaron a Boriquén a partir del 300 antes de nuestra era. El fruto del quenepo se conoce con diversos nombres en el Gran Caribe, así como en el Caribe Insular, entre ellos mamoncillo, – que es el nombre oficial-, honey berry en la Guayana, macaco en Colombia, ginep en Jamaica, kenepe en Haití, y grosella de miel en México, para sólo mencionar algunos.

Aunque al momento de la conquista española del Caribe Insular el quenepo formaba parte de los paisajes isleños, la primera descripción que se hace del y de su fruto es en Venezuela. Aquí, según el cronista Oviedo, los indios le llamaban en lengua arahuaca mamon. Sorprendido por la majestuosidad del árbol- que puede elevarse hasta los 25 metros- Oviedo los consideró como “gentiles laureles” muy parecidos a los laureles de España. Sobre su fruto añadió que “es tamaño como una nuez: tiene una corteza verde…y después de quitada esa corteza tiene una carnosidad algo agria y no de mal sabor…” Interesantemente, Oviedo descubrió que los indios arahuacos de Venezuela, cuando ocurrían hambrunas ocasionadas por plagas en el maíz, las tostaban las semillas y las molían para hacer harina y preparar de pan en tiempos de necesidad.

En Puerto Rico, durante el periodo colonial español, el quenepo se sembró en las veredas, carreteras principales y las plazas de los municipios para contener la erosión así como para crear espacios de descanso y sombra para los viajeros. Hacia fines del siglo XIX, el botánico Agustín Stahl encontró que el quenepo era más común en la costa sur de Puerto Rico, especialmente en el municipio- ¡adivinen! – de Ponce. El científico además destacó el excelente sabor de las quenepas ponceñas, “pues cuajan bien y maduran sus frutos agridulces.” No obstante, subrayó que “en la costa Norte es raro y los frutos no maduran ni cuajan.”

Hacia 1903, los botánicos Cook y Collins reportaron que los racimos de quenepas- que podían tener entre 28 y 49 quenepas por racimo de una libra- servían de equipaje alimentario en las travesías a caballo de los jíbaros. Estudios que se realizaron en la Estación Experimental de Mayagüez en el 1960, encontraron que la pulpa de una quenepa madura del sur de Puerto Rico podía tener entre 46.6% a 48.6% de materia comestible.

En las prácticas alimentarias puertorriqueñas la quenepa fue- y es- utilizada más como comida de mano que como ingrediente culinario, quizás con la excepción del uso de la pulpa para preparar refrescos, mermeladas o, como el caso de Vieques, para confeccionar un licor de alta graduación alcohólica que se conoce como “bilí”. Pero sorprende que en los recetarios más antiguos de Puerto Rico no haya alguna receta de la Melicoccus. Creo que, si se logran insumos tecnológicos para descascarar y despulpar la fruta, podríamos, como ocurre en Colombia, que envasar la pulpa para venta comercial.

La temporada de la quenepa se extiende desde julio a octubre, así que la encontraremos pronto en los mercados y vendida por revendones en las carreteras de Puerto Rico. Pero adelántense, PRoduce ya las tiene en sus Homebox para distribución inmediata.

Mi pana la pana

La pana tiene dos temporadas: una corta de febrero a abril y una más extensa desde finales de mayo hasta el fin del mes de agosto.

La llegada al Caribe de este generoso fruto, originario del Archipiélago Malayo, tiene tras de sí una historia asombrosa, llena de propósitos científicos imperiales, repleta de miedos a levantamientos esclavos, y colmada de temores a la escasez de alimentos en las colonias inglesas del Caribe.

Y como si fuera poco, la historia de su arribo fines del siglo XVIII está llena también de leyendas de marinos promiscuos en la isla de Tahití- a donde se fue a recolectar la pana-, y desencuentros y motines entre tripulantes furtivos, contramaestres y capitanes. Si bien se sabía de antemano el hábitat geográfico del árbol del pan, la primera expedición para traerlo al Caribe fue entre 1787-1790. Ella es famosa por el motín contra el capitán William Bligh a bordo de la barca Bounty, revuelta que terminó con la toma del buque por 25 rebeldes, el embarque forzado de Bligh y 19 marinos en una pequeña lancha, su intrépido regreso a Inglaterra, y claro, la pérdida de 1,015 brotes de pana, Artocarpus altilis, que había recolectado el capitán en Tahití para llevarlos a Jamaica. Tan dramática y novelesca fue la primera expedición, que los diarios de abordo de Bligh han servido de guión para llevar al cine la odisea de este viaje desde 1935.

El fracaso de la primera expedición en busca de un fruto barato y abastecedor para los esclavos fue seguido de un segundo viaje (1791-1793) a cargo del propio Bligh, que sí tuvo el éxito esperado. Entonces, en febrero de 1793, desembarcó en Jamaica 2,126 plantas de pana, incluyendo la Artocarpus heterophylus, que entre nosotros llamamos pana de pepita.

Paradójicamente, todo el esfuerzo puesto en las expediciones no produjo la expectativa alimentaria esperada por los administradores de los ingenios: la pana no fue aceptada como comida por los esclavos en las plantaciones inglesas. Barry Higman, en su voluminoso libro Jamaican Food: History Biology and Culture (2008) considera que la repulsa a la pana- a ambas variedades, la de semilla (Artocarpus altilis) como a la sin semilla (Artocarpus heterophylus), se debió a que los esclavos vieron el asunto como otro ejercicio de poder de parte de los hacendados para no fomentar las llamadas “parcelas de provisión”, lotes de tierra marginal que en otras plantaciones caribeñas -especialmente las francesas- se les daba a los esclavos para complementar y diversificar la alimentación de las raciones.

La fecha exacta del inicio del cultivo de la pana en Puerto Rico es muy incierta. Pero hipotéticamente se puede pensar que fue luego del 1815, cuando los puertos aledaños a San Juan se abrieron al comercio con Gran Bretaña y sus colonias inglesas. Igual, cabe pensar que la reproducción del árbol de pana en Puerto Rico fue lenta y muy gradual, pues la planta no se reproduce por semillas, sino por brotes o capullos que nacen de forma silvestre en sus raíces. Lo mismo debió ocurrir con el árbol cuyo fruto es la pana de pepita, que puede germinarse en semilleros, pero requiere cuidados extremos para su posterior crecimiento.

Lo curioso es que, a diferencia de como ocurrió en las colonias británicas, en Haití y en Cuba- en las que la pana y su pariente se destinaron más a forraje de los animales- en Puerto Rico ambos frutos se aceptaron como alimento básico una vez se diseminaron por vegas y montes con suelos de buen drenaje y alta humedad. Como quiera que haya sido su propagación, los registros botánicos para Puerto Rico indican que hacia 1903, tanto la pana como la pana de pepita se habían asentado en la geografía de la Isla. Hacia 1909 ambos frutos eran vendidos en los mercados de abasto de San Juan y Santurce.

Más adelante, en 1926, se llevaron a la página escrita recetas de pana y pepitas de pana -16con pana y 4 con pepitas de pana- en el manual de cocina Tropical Foods, escrito en el Departamento de Economía Doméstica de la Universidad de Puerto Rico. Vale destacar que algunas recetas, que están muy de moda hoy día, se transmitieron adelante a partir de este curioso manual, que hoy tiene 93 años. Dignas de mención son las lascas de pana gratinadas, croquetas de pana, chips de pana y pollo relleno con majado de pepitas de pana. Posteriormente, en el clásico Cocine a Gusto (1950), nuestro primer gran recetario de la modernidad, se publicaron 6 recetas, entre ellas Soufflé de pana. De aquí en adelante se considera una falta de identidad culinaria no encontrar una receta con pana en los
recetarios que se denominan de cocina puertorriqueña, tanto escritos en Puerto Rico como en la diáspora.

Hacia 1951 se cosechaban en Puerto Rico, en números brutos 538,420 quintales de panas. Esta cifra bajó a 100,000 quintales en 1975. Es muy posible que el desarrollo urbano de la modernidad haya contribuido a esta baja, así como también la complejidad de llevar al árbol de pan – y al de pana de pepita- a un sistema de plantación organizado. Como saben muy bien los agricultores, la recolección de ambos frutos requiere calendarios muy precisos para que no se sobremaduren. Y ni pensar de la dificultad de “bajar” los frutos de dos árboles que pueden llegar a sobrepasar los 50 pies de altura.

Si nos remitimos exclusivamente a la pana, su importancia alimentaria queda demostrada por el hecho de que por 38 años consecutivos se ha llevado a cabo el Festival de la pana en el comunitario barrio de Mariana en Humacao. Así también, la centralidad de la pana en los hábitos alimentarios boricuas a hecho de que varias agro-empresas reimaginen las oportunidades económicas que brinda este eje en la culinaria puertorriqueña. Ello ha llevado a las noveles compañías a implementar tecnologías que ayudan a neutralizar las complejidades de su cosecha y distribución.

La pana tiene dos temporadas de cosecho. Una comienza en febrero y se extiende hasta abril. La otra- las más prolongada-, comienza a fines de mayo y se extiende hasta fines de agosto. La Artocarpus altilis es más que una conocida en nuestras comidas. Ha sido, sin duda, la “pana” fuerte de nuestra alimentación por muuucho tiempo. Por eso, aprovechemos la generosidad del fruto, acabadito de cosechar, que te ofrece PRoduce en estos días.

“If a man plants ten breadfruit trees in his life, which he can do in about an hour, he would completely fulfill his duty to his own as well as future generations.”
– Joseph Banks, 1769, Captain Cooks’ botanist

El mangó… ¿bajito?

En Puerto Rico, aún se consume más mangó local que el importado.

San Juan sabe a coco de agua,
Humacao a corazón.
Ponce a níspero y quenepa.
Mayagüez sabe a mangó.
Luis Llorens Torres (1876-1944)

Y tuvo razón Lloréns
Cuando tranquilo nos dijo:
“Mayagüez sabe a mangó”
Y él sabrá porque lo ha dicho.
Y yo conforme con él
les digo a pelado grito
Que es cierto, sabe a mangó
Pero a mangó bien bajito
Pablo Roig (1865-1935)

El árbol del mangó fue domesticado al sur de Asia, posiblemente en el este de India alrededor de 4,000 años antes de la era cristiana.  Las bondades de su fruta, y su hermosa y extensa copa, han sido alabadas desde entonces. En algunos textos sagrados védicos, se imagina el árbol del mangó como una de las formas de Prajapathi, el dios creador y protector del hinduismo.  Igual, algunos monjes budistas lo consideraron sagrado, pues creían que era a la sombra de un mangó que el sabio Buda tomaba sus reposos.

 El nombre de esta generosa fruta deriva del apelativo “man-gay”, nombre dado al mangó en el lenguaje tamil, uno de los numerosos idiomas oficiales de la India. La universalidad del fruto la refrenda el uso casi genérico de su nombre en distintos idiomas: mango en inglés y mangó en español; y con sólo pequeños giros en francés (mangot, Mangue, manguier); en portugués (manga, Mangueira), y en holandés (Manja). En algunas partes, de África, se llama mangou, o mangoro.

 A los mercaderes esclavistas portugueses se les atribuye haber llevado el mangó a Brasil, aunque hay dudas sobre la fecha exacta. No obstante, los expertos están de acuerdo en que ello debió ocurrir en la primera parte del siglo XVIII. Desde Brasil, pasó al Caribe en 1742, específicamente a la colonia azucarera inglesa de Barbados. En 1769 fue introducido a Jamaica, y en 1792, en su segundo viaje a los mares del sur asiático, el famoso capitán William Bligh trajo semillas adicionales a Jamaica desde la isla de Timor.

Hay comentaristas que creen que el arbusto del mangó llegó a Puerto Rico en 1750. Pero la evidencia botánica no es sólida. El mangífera indica no se menciona en la Historia Geográfica Civil y Natural de Fray Inigo Abad (1788), ni en el voluminoso texto Exploraciones Botánicas de las Islas de Barlovento: Cuba y Puerto Rico, de Martin de Sessé y José Estévez entre 1795 y 1797.  Pero podemos pensar – para salvar a los comentaristas- que el árbol no se había propagado abundantemente por la Isla afines del siglo XVIII como para que los botánicos lo identificaran fácilmente en el paisaje isleño y lo documentaran.

 Pero de lo que no cabe duda es que hacia mediados del siglo XIX el mangífera se ha hecho abundante.  En su Estudios sobre la flora de Puerto Rico (1883), el botánico Agustín Stahl dice que se conoce en Puerto Rico más de una variedad, y que la más abundante se encuentra en la parte sur de Puerto Rico, aunque era considerada la peor por ser propensa a los ataques del gusanillo. Para Stahl, la mejor variedad era el que la población llamaba “mangotín”, que según él era de frutos pequeños y de mejor sabor, pues eran de “sabor dulce, azucarado y balsámico.”

En nuestros recetarios premodernos (1859-1954), las recetas a base de mangó son numerosas, pero se favorecen las jaleas, las compotas y nuestras llamadas pastas. El recetario con las confecciones más sugestivas es The Puerto Rican Cookbook (1948), que recoge 15 recetas, sin duda copiadas por la autora de su cocinera negra Isabella, que era oriunda de St. Kits, colonia inglesa con un gran trasfondo culinario indio.

En Cocine a gusto, de Cabanillas, Ginorio y Quirós, se recogen 6 recetas, siendo las más sugestivas el Pastel de mangó y el Flan de mangó. Es sorprendente que Cocina criolla (1954), de Carmen Aboy de Valldejuli, que es considerado el canon de la cocina puertorriqueña, sólo presente una receta de mangó (Dulce de mangó).

Existen cientos de variedades de mangífera, todas con variaciones en sabor, fibrosidad y astringencia. Los preferidos son los que tienen tonos aromáticos de melocotón y caramelo en su madurez óptima. En la cocina de la India del norte, el mangó verde se pela, se corta en rodajas super finas, y se deshidrata al sol para preparar amchoor, o polvo de mangó, utilizado para añadir acidez y potencia a los platos veganos sin transmitir excesos de humedad. Igual, se utiliza para macerar cranes y aves.  El polvo de mangó tiene mucho futuro en la innovación agrícola en Puerto Rico.

La producción de mangó en la Isla se mantiene estable frente a la importación, superando a esta por 427 mil quintales en el 2017.  De 431.5 mil quintales que se cosecharon en 2017, se exportaron 341.1 quintales.

Ahhhh ¿y por qué bajito? Porque se coge fácil, al pie de la carretera, sobre todo en el oeste de Puerto Rico, cuando el acaramelado mayagüezano está en su punto, en los meses de junio y julio. De esa facilidad con que se coge- y de su dulzura de caramelo-, se inventó el modismo “lo cogieron de mangó bajito”, es decir, lo engañaron como a un niño; lo timaron de forma fácil. Dicho de otra forma, lo cogieron de pendejo. QUE NO NOS COJAN. Exige el mangó de Puerto Rico, y si es agroecológico, mejor.

Pickled mangoes
The Porto Rican Cookbook
Elizabeth Bellows Dooley
1948

Ingredients

Spice Bag: 1 tablespoon each:
Powdered cinnamon
Cloves
Allspice
Mace
1 cup vinegar
½ cup sugar
3 Mangoes

Instructions

  1. Pare and cut the mangoes into small pieces
  2. In a small cloth bag pot a tablespoon each of powdered cinnamon, cloves, allspice and a little mace.
  3. Put in a kettle with a cup of vinegar. Heat it slowly to boiling point.
  4. Then remove the spice bag, add sugar.
  5. When hot, put in the mangoes.
  6. Add the spice bag again.
  7. Cook until the mangoes are tender.
  8. Put in glass jars and seal while hot.

Nota: La receta se copia íntegra.

Temporada de grosellas

Fue doña Matilde quien por primera vez me dijo que la grosella era una fruta. Mati, como le decían en el barrio, era muy amiga de mi madre, que la llamaba abuelita. Una barandilla de madera dividía nuestros patios, y cuando llegaba la primavera, un arbusto del jardín aledaño se llenaba de racimos verdes abultados cuyos frutos me parecían tréboles. Hoy que escribo estas líneas me doy cuenta de que mi apreciación no estaba muy lejos, pues uno de los nombres como se le conoce hoy es averrhoa trébol, pues se asemeja al trébol cuando se corta de forma oblicua.   

Los expertos creen que la grosella tiene su origen en la inmensa isla de Madagascar, y que de aquí se llevó a Indonesia, Vietnam del Sur y Laos, desde donde pasó a Malasia y a las Indias Orientales. Las expediciones imperiales inglesas en búsqueda de plantas para diversificar la flora alimenticia de sus colonias esclavistas les condujeron hasta Timor, desde donde la trajeron a la isla de Jamaica en 1793. De aquí, gradualmente se diseminó por el archipiélago caribeño y el Caribe Continental, posiblemente llevado por los botánicos europeos que tanto exploraron y sistematizaron- con fines de poder- la flora caribeña en la época de la Ilustración. 

A la grosella se le adscriben muchísimos nombres en su geografía de origen, entre ellos cheremai, chermela, chamin o kemangor (Malasia); cherme, tjerme, o tjareme (Java); cherimbillier, tam duot y chum ruot (Vietnam); mayom (Tailandia) y mak-nhom (Laos). Igual, en Caribe Insular y Continental se le conoce con diversos apelativos, entre ellos grosella (Costa Rica, Cuba, Guatemala, Nicaragua y Puerto Rico); groseillier des Antilles (en las Antillas Francesas); cereza amarilla, cerezo común, cerezo de la tierra- nombres populares identificados para Puerto Rico por algunos botánicos que estudiaron la flora puertorriqueña- cerezo agrio (Venezuela); cerezo occidental (Cuba); wild plum (Belice) y cheramina, jimbling (Jamaica).

Arbusto generoso que se propaga con facilidad en climas tropicales y subtropicales – de semilla o de gancho-, el arbusto puede subsistir en diversos suelos. Pero es más generoso, no obstante, si vive en terrenos húmedos. Por primavera, que es la estación del año cuando el arbusto nos regala su primera cosecha- la otra es entre agosto y septiembre-, Mati siempre nos alegraba el comienzo de la estación con una deliciosa mermelada. Aprovéchenla. ¡Está en temporada!

Chutney de Grosellas
Tomada del libro de Elizabeth Bellows Dooley: Puerto Rican Cookbook 1948

Ingredientes
4 libras de grosellas bien maduras sin semillas
2 libras de pulpa de tamarindo
1 libra de azúcar
1/2 libra de pasas
1/2 libra de jengibre
1/2 libra de semilla de mostaza
1/4 libra de ajo
1/4 de galón de vinagre. Preferiblemente de vino blanco.
1/4 libra de sal

Procedimiento
1. Hierva en agua, a fuego medio, la grosella y el tamarindo.
2. Cuando esté la grosella muy blanda, añada un cuarto de galón del vinagre de vino y una libra de azúcar.
3. Muela a parte las pasas, el jengibre, el ajo, y las semillas de mostaza y añádalos al hervor de vinagre azucarado.
4. Compruebe que haya balance entre la acidez y el dulzor.
5. Añada la sal. Revuelva y continúe hirviendo a fuego muy bajo.
6. Hierva por una hora o hasta que espese.
7. Deje enfriar y envase el chutney en un recipiente de cristal. Tape bien y guarde para usos futuros.

MERMELADA DE GROSELLA
Revista de Agricultura de Puerto Rico 1952

Ingredientes
2 tazas de grosellas sin semillas
2 tazas de azúcar
¼ de cucharadita de anís en grano

Procedimiento
1. Eche los ingredientes en una cacerola en el orden indicado.
2. Cueza a fuego moderado moviendo constantemente.
3. Retire del fuego cuando el almíbar espese.
4. Eche en un frasco de cristal de 10 onzas.

¿Quién vino primero el huevo o la gallina?

A menos que no seamos alérgicos a ellos, nosotros comemos huevos de diversas aves desde comienzos del género humano. En tiempos históricos- nos dicen los expertos- los antiguos romanos comían huevos de pavo real, y los chinos se preciaban de comer huevos de paloma. Incluso se comía huevos de avestruz en la época fenicia. Hoy día, los huevos de codorniz hervidos y empacados para mayor durabilidad, se venden como delicias en los mercados gourmet de varias metrópolis del mundo.

Pero el huevo de ave- sobre todo de gallinas- es el que más se ha apreciado en la historia alimentaria del mundo. Si alguien que leyera estas líneas quisiera saber cuántas variedades de huevos de ave existen, les recomiendo el voluminoso libro The Avian Egg (Wiley and Sons, 1949) de A.L Romanoff y A.J. Romanoff.

Hablar sobre la historia del huevo de gallina hace casi obligatorio hacerse la pregunta ¿Quién vino primero? ¿El huevo o la gallina? En este punto hay dos interpretaciones. Quienes profesan el creacionismo, se fundamentan en la Biblia para sostener que primero fueron los animales, argumento que lleva a concluir que debió ser, en este caso, el gallo y la gallina.

 Pero otros, como Harold McGee, han puntualizado que los huevos de reptiles precedieron por mucho la existencia de las aves. Y, en efecto, McGee argumenta que el Gallus domesticus, el antecesor del ave que más o menos reconocemos hoy como gallo o gallina, existe desde solo 4 o 5 mil años atrás. Al día de hoy existen tres versiones sobre el lugar de origen del ave: las junglas de Malasia, Burma, y más recientemente, Tailandia.

El gallo y la gallina llegaron a tierras caribeñas en el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493. Al igual que otros animales que arribaron en la segunda expedición, el gallo, la gallina- y claro, sus huevos-, vinieron a suplementar la matriz alimentaria indígena que existía antes de la conquista.

Como quiera que sea, en el caso de Puerto Rico se sabe que al proclamar las Leyes de Burgos de 1512, los conquistadores que tenían indios repartidos fueron obligados a crear- entre otras muchas cosas- pequeños campamentos en los que debían proveerse las condiciones para una mejor alimentación de las familias taínas.  Las Leyes de Burgos establecían, entre otras provisiones, “que a cada uno de los dichos indios se les de una docena de gallinas e un gallo para que los críen e gocen del fruto.” El 1512 pues, debe considerarse como el año en que – al menos sobre le papel- dio inicio la crianza de gallinas de corral “ponedoras” en la historia alimentaria de Puerto Rico.

Como ocurrió con muchos de los animales nuevos llegados con el descubrimiento, los gallos y las gallinas proliferaron rápidamente, y sin duda se convirtieron en recursos importantes en los siglos venideros para venderlos a los buques que venían en tránsito- como ocurría a fines del siglo XVII- y para vender los huevos de las ponedoras en los mercados isleños como medio de ingreso familiar.

Por otro lado, el huevo para consumo diario parece haber sido muy frecuente en las mesas de los más pudientes en el siglo XIX. En El cocinero puertorriqueño de 1859, se recopila un capítulo exclusivamente dedicado a los huevos (16 recetas), entre ellas algunas muy conocidas hoy, como los Huevos estrellados, Huevos a la flamenca y Huevos escalfados. Les copio la receta por si la quieren reproducir:

Póngase en una cazuela un poco de agua
con sal y vinagre, luego que esté hirviendo el agua, se quiebran en ella los
huevos sin romper las yemas, se dejan cuajar, se sacan con una espumadera, se van
colocando en una fuente, echándole por encima, sal, pimienta en polvo, perejil
picado, y zumo de limón, adornados con lonjas de plátanos fritos maduros.

Pero el protagonismo del huevo es mucho mayor si consideramos todas las recetas en el que se usa, que sobrepasan las 150.

En la tercera década del siglo XX, Puerto Rico tenía una producción muy robusta de huevos frescos (4.6 millones de docenas vs 350,225 mil docenas importadas). Más adelante, hacia 1949-50, producíamos aproximadamente el 71% de los huevos frescos que se vendían en el mercado local. Entonces se importaba sólo el 29.0%.  Ese mismo año se calculaba que ingresaban a la economía alrededor de 4.7 millones de dólares como resultado de la producción de huevos frescos.

Claro, en esa época la distribución no era equitativa si la miramos por áreas geográficas, pues el consumo más elevado ocurría en las zonas metropolitanas de Puerto Rico. Mientras que en la zona metropolitana de San Juan el porciento de familias que consumían huevos frescos era de 87%, y en 22 centros urbanos de la Isla era de 87%, en las zonas rurales era de 76%.

Este rostro desigual en el consumo muestra una de las más grandes preocupaciones de los saberes nutricionales de la época de entre guerras (1918-1945): cómo aumentar el consumo de proteínas en una población fundamentalmente rural y con escasos recursos cuando la producción del alimento- en este caso los huevos- era robusta. El asunto radicaba en el hecho de que los huevos de gallinas de las familias campesinas y pobres eran vendidos para obtener ingresos.

Por esa época se recomendaba consumir por lo menos 3.5 huevos semanales, es decir, aproximadamente 319 huevos al año. Pero los estudios entonces mostraban que aquellas familias con ingresos menores de $600.00 dólares anuales consumían sólo 112 huevos anualmente. Mientras, las de ingresos entre $600.00 dólares y $1,199 dólares consumían 180 huevos al año. Y así sucesivamente hasta las familias de ingresos anuales mayores de $3,600 dólares, que comían 420 huevos anuales. Por eso es que en 1955 los saberes nutricionales se ufanaban en recomendar lo siguiente:

“Toda familia de nuestros campos debería tener, aunque sea solamente algunas gallinas para la producción de huevos… Debe estimularse el que vendan los huevos que se producen solamente cuando hay excedentes y la familia ha consumido la cantidad necesaria.”

 Aun cuando se sabía que el huevo tenía una excelente capacidad nutricional, el discurso científico tropezaba con el hecho de que el valor estimado de una docena de huevos era alrededor de 22.4 centavos por ese entonces. Por lo tanto, se estimaba que, para obtener al menos 1,000 calorías por medio del consumo de huevo, habría que presupuestar aproximadamente 37 centavos del ingreso familiar al día. ¿Caro no? Mejor era venderlos y comprar arroz, carne y grasas.

Como ha ocurrido con la mayoría de nuestra producción agrícola, la producción de huevos ha decaído considerablemente en la última parte del siglo XX y en las primicias del siglo XXI. Hacia 2012 se producían entre 11,000 mil a 12,000 mil docenas. En el abril del 2018, a seis meses del paso del huracán María, la industria de huevos de gallina apenas comenzaba a recuperar su rumbo luego de que el 40% de las gallinas ponedoras del país murieran a causa del huracán.  Para entonces la industria local producía entre el 4 y el 10% de los huevos que se consumían en Puerto Rico.

Hacia el 2016 se importaban a Puerto Rico 35.3 millones de docenas de huevos frescos, sin considerar la importación de yemas deshidratadas y o congeladas. Igualmente se importaban 2.02 millones de docenas de huevos fertilizados para incubar.

Cuestiones nutricionales y económicas a parte, el huevo es uno de los alimentos más versátiles en la cocina. Se puede freír, se puede pochar o se puede hervir. Con él se hacen flanes delicados, crème brulée, tortillas, revueltos, omelet. Y ni decir de su uso como fortificador, clarificador de caldos, agente coagulante, así como disolvente de la crema de leche y del azúcar ( ¡ojo con los merengues!)   Creo que no hay mejor descripción de las versatilidades del huevo que la que hace el químico, historiador y crítico culinario Harold McGee. Con ella quiero cerrar esta pieza:

The most commonplace procedures involving eggs are also some of the most astonishing kitchen magic. You begin with a slippery, runny liquid, do nothing more than add heat, and presto: the liquid rapidly stiffens into a solid that you can cut with a knife. No other ingredient is as readily and drastically transformed as in an egg. This is the key to its great versatility, both on its own and as a structure builder in complex mixtures.”  

To what does the egg owe its contructive powers? The answer is simple: to its proteins and their innate capacity to bond to each other.”

Referencias

Alexis L. Romanoff and Anastasia J. Romanoff, The Avian Egg, New York, John Wiley and Sons, Inc., 1949.

Primera Hora Daniel Rivera Vargas, “Se dispara el costo de los huevos”; en: Primera Hora, 16 de febrero de 2018.

Harold McGee, Food and Cooking: An Encyclopedia of Kitchen Science, History and Culture,

Lydia Roberts y Rosa Luisa Steffani, Patterns of Living of Puerto Rican Families, Editorial UPR, 1949.

William J. Stadelman, “Eggs”; en: The Cambridge World History of Foods, Cambridge, II vols., vol. I, pp.499-507.

Magelone Toussaint Samat,  History of Food, Blackwell, 1992.

Junta de Planificación de Puerto Rico, External Trade Statistics, Shipments into Puerto Rico by Commodity, 2016.

El Repollo

Aunque en Puerto Rico hoy se cultivan diversas variedades de repollo, entre ellas el morado, el chino (Bok Choy o Brassica chinensis) y el verde, el repollo más conocido en la cocina puertorriqueña es el verde. Este pertenece al linaje de las Brasicáceas o Crucíferas, estirpe que a su vez tiene dos orígenes geográficos definidos: la plataforma costera del Mar Mediterráneo; y las diversas regiones de Asia Central. En el caso particular del repollo verde y morado – no así el chino; sus más cercanos parientes son la acelga, el brócoli, la coliflor, las coles de Bruselas y el colirrábano (kohlrabi), todos de origen mediterráneo.

A pesar de que en la nomenclatura botánica el nombre científico del repollo ha ido cambiando desde el siglo XVIII hasta hoy, el nombre más acreditado es Brassica capitata, derivando su apellido del latín caput (cabeza), que era como los romanos le llamaban. Se cree que el capitata haya sido domesticado hace 2,500 años atrás. Precisamente, la agroecología costera mediterránea, tan salina y soleada, explica mucho la evolución de sus características bromatológicas: hojas duras y gruesas, lustrosas y sustanciosas. Más su excelente capacidad para tolerar climas fríos le llevó migrar- en manos de los soldados romanos-, a zonas más frías en Europa Central, donde con el tiempo se convirtió en un vegetal esencial en la cocina de países como Alemania, Polonia y Hungría. En éste último, el repollo agrio es esencial en los conocidos goulash, pero sobre todo en el clásico Székely Gulyás, una cacerola en la que las hojas de repollo se utilizan como capas para dividir un relleno de carne de cerdo, cebollas y puré de tomate; y en el afamado Erdélyi Rakott Kápszta, en el que las hojas de repollo se colocan al fondo de una cazuela que luego se rellena con carne de embutidos, arroz, tocino y cerdo, y se baña con crema agria y leche antes de meterse al horno.

Como otras muchas semillas, la del repollo arribó al Caribe en la segunda expedición colombina, con el inicio de la conquista y colonización de San Juan Bautista, las simientes se trasladaron a la Isla en 1513. Según los registros de la aduana española establecida aquí, el mercader Fernando de Talavera trajo consigo cuatro onzas de simientes de coles junto a otras simientes de lechugas y rábanos. El año 1513 puede aceptarse, sin temor a equivocarnos, como la fecha que marca inicio al cultivo del repollo Puerto Rico. De aquí en adelante se convirtió en vegetal básico en los predios de provisión alimentaria en las haciendas azucareras que se fundaron entre 1530 y 1600 (12 en total), y en las estancias puertorriqueñas que florecieron desde el siglo XVII en el entorno de la ciudad amurallada de San Juan. La capital, que carecía de suelos apropiados para cultivos alimentarios, siempre dependió de las estancias de Cangrejos, Cataño, Bayamón y Guaynabo para abastecer a su población civil y a los militares del Morro.

Los registros históricos demuestran que el repollo no se mejoró genéticamente a lo largo de los siglos, y ya para principios del siglo XX se consideraba de poca calidad y tamaño respecto al repollo americano que comenzaba a importarse. Las impresiones de los botánicos norteamericanos que estudiaron la flora de Puerto Rico en 1903 eran muy precisas sobre esto. Decían entonces sobre el repollo boricua lo siguiente: “It is generally cultivated on a small scale in private gardens, in spite of the fact that only indifferent success is attained. The plants mostly fail to form heads or produce only a small and loose cluster of leaves. Under very favorable circumstances and by using good seed of early varieties it is occasionally possible to attain somewhat better results, but at the time of our visit cabbages from the United States were selling at half a peso (30 cents) apiece, no competition being afforded by the insignificant home-grown vegetable.”

Recetas históricas con repollo

Aunque la variedad del repollo criollo parece haber desmejorado, el uso de repollo en la culinaria puertorriqueña del siglo XIX y principios del siglo XX es muy frecuente. En el Cocinero Puertorriqueño (1859), su empleo es principal en los caldos y cocidos, como lo son la Olla Cubana, la Olla Española y el Cocido de Vigilia, recomendado para las abstinencias cuaresmales y los numerosos días de guardar en el calendario litúrgico católico.

Igual se emplea relleno, como en la compleja y rara receta de Col rellena a la Criolla que copio a continuación:
Se busca que esté bien apretada, se le quitan las hojas más duras de fuera, dejando solamente las blancas, se salcocha en agua y sal, después se saca y pone en agua fría, se le saca sin romperla el cogollo de adentro, se vuelve á poner a salcochar, se saca y se pone a escurrir, se hace un picadillo con berenjenas cocidas, cebollas fritas, carne de ave que haya quedado asadas ó guisadas, un poco de yerbabuena y perejil y unos huevos duros; póngase al fuego todo para que se seque, se mezcla en una cazuela, meneándolo continuamente para que no se ‘pegue, así que está seco se aparta’ y se mezcla pan rallado y queso. Se rellena perfectamente y se amarra y se unta bien por todos lados con un batido que se tendrá preparado, de huevos, sal y
harina bien espeso se fríe dándole vueltas por todos lados y se espolvorea con azúcar, canela y grajea, colocándolas en una fuente.
Después que se coman me dirán si tiene competidor el Cocinero Puerto-Riqueño.

Más adelante, hacia 1909, las norteamericanas que escribieron el libro The Porto Rican Cook Book (1909) indicaban que el repollo boricua que se vendía en el mercado de San Juan era “a pretty small native cabbage” cuando lo comparaban con el importado de Estados Unidos. El precio del puertorriqueño entonces era de ocho centavos por unidad. Pero aunque la opinión de las norteamericanas era adversa, en The Porto Rican Cook Book aparecen dos recetas con repollo en el capítulo de los vegetales. La primera, que llevaba el nombre de Scalloped Cabbage, consistía de repollo hervido en dos aguas y picado que se colocaba en un molde de hornear y se bañaba en salsa blanca y crema de leche. Luego se espolvoreaba con pan rallado y se finalizaba en el horno. La segunda llevaba el nombre de Fried Cabbage, que era repollo cortado en pedazos pequeños y luego refritos en mantequilla o manteca de cerdo.

En los recetarios que se publicaron entre 1915 y el 1948, el repollo se utilizaba también, más que de ninguna otra forma, como ingrediente de los platos de pote y cuchara, como el Cocido español que aparece en el recetario Home Making and Home Keeping de 1914 y en el recetario de Puerto Rican Cookbook de 1948.

Importante por demás es señalar que las excelentes cualidades nutricionales del repollo fueron reconocidas por el programa de Comedores Escolares que entró en funciones – con fondos de filántropos civiles y religiosos- al año siguiente del devastador huracán San Felipe (1928). Este
programa se extendió hasta 1935. Entre los 30 menús que se confeccionaron para los estudiantes de las escuelas públicas, el repollo figura como ingrediente en las sopas, además de aparecer crudo en las ensaladas en tres ocasiones. En total las nutricionistas lo recomendaron en 6 de los 30 platos del mes. En 1935, con los programas agrícolas iniciados por la PRRA (Puerto Rico Reconstruction Administration), se introdujeron semillas de nuevas variedades de repollo que se emplearon en los campamentos agrícolas que estimuló la propia institución.

La química del repollo: ¿por qué a veces nos repugna al hervir?

Los repollos y sus parientes contienen altas reservas de dos tipos de químicos en sus tejidos. Estos le sirven de defensa contra sus depredadores. Son los siguientes: sustancias de sabor pungente llamadas glucosilates, y encimas que actúan sobre las sustancias pungentes para desatar olores y sabores reactivos una vez las células de la planta son afectadas o dañadas por alguna acción adversa. Entonces, ambos elementos se combinan y desatan una reacción en cadena que produce compuestos amargos, picantes, y olores fuertemente desagradables. Tal es el caso en palabras simples. Pero que no se nos pongan los olores de frente. Con un chorrito de vinagre de manzana en el agua del hervor-si es que así lo prefieren-, lo neutralizamos algo. Y si no, lo picamos, le ponemos un buen
vinagre a razón de dos por una de agua, unos cuantos clavos de olor, semillas de culantro seco, un poco de sal, el corazón de dos manzanas, y lo ponemos a hervir. Al cabo de una hora, con un hervor lento y sostenido, tendremos un chucrut.

Y tú, ¿cómo te comes el repollo?

La pasionaria parcha

La parcha pertenece a la extensa familia de las Pasifloráceas, que tiene alrededor de 500 especies. En el amplio clan, solo las especies Pasiflora edulus sims y laPasiflora edulis f. flavicarpa, tienen la designación exclusiva de parcha. Ambas son comestibles, pero se diferencian en color. La edulus sims son de color púrpura o morado y la edulis flavicarpia son las amarillas.

Esta última es la más conocida y cultivada en Puerto Rico, y de un tiempo acá a esta se le comenzó a llamar fruta pasión, derivando el apelativo del nombre inglés con que se le conoce: passion fruit. Lo que muy pocos conocen es que el derivativo inglés le viene del castellano pasionaria, que fue como los conquistadores españoles le llamaron al quedar deslumbrados por su flor, que se les pareció a la corona de espinas de la Pasión de Cristo, y los matices púrpura y rojizos de la corola de su flor les recordaron las tinturas de la casulla  que vestían- y aún visten- los sacerdotes católicos durante el tiempo cuaresmal. 

Originaria de la amazonia brasileña,la parcha amarilla es de tallos sarmentosos y trepadores, y produce hermosísimas flores de olor fragante, con filamentos externos teñidos de rojo, púrpura y violeta. Sus frutos son amarillos y de forma ovoide o redonda. En el Caribe y Sur América se le conoce con diferentes nombres: maracuyá o ceibey en Cuba, chinoloa en la República Dominicana; maracuyá en Colombia; maracuja en Brazil; y parcha amarilla en Venezuela.

La pulpa de la pasionaria es de sabor agridulce, con tonos de guayaba y almizcle, y en la nariz recuerda una mezcla compleja de notas ácidas afrutadas. Aunque la pulpa aporta sólo una tercera parte de su peso – las semillas aportan mucho-, y la pulpa se disipa cuando se abre el fruto, el sabor de la carne se potencia y concentra una vez la pulpa es diluida. Así se duplica su contenido de ácido ascórbico – que en su estado normal es de alrededor de 2%. Por eso su uso más tradicional ha sido para preparar jugos y refrescos – ¡entre ellos el Hawaiian Punch!, salsas para carnes robustas, aderezos para ensaladas, mousse y sopas frías, como la famosa Sopa fría de parcha montada con queso de cabra que inventó e hizo muy popular el Chef José Santaella en su restaurante en el 2004.

Las referencias históricas a la parcha son sorprendentemente escasas.  En los tratados naturalistas del XVI hasta el siglo XVII no se menciona. Solo he encontrado una brevísima mención para Puerto Rico a fines del siglo XVIII en el tratado Exploración botánica de las Islas de Barlovento, Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo (1795) de los botánicos españoles Martín de Sessé y José Estévez. En este voluminoso libro se menciona el nombre de la familia Pasiflorácea, pero no hay ninguna descripción del fruto o sus cualidades.

En el siglo XIX (1883), y principios del siglo XX (1903), hay menciones a la pasionaria (con el nombre de parcha), en el tratado Estudios sobre la flora de Puerto Rico, de Agustín Stahl y en el de los botánicos norteamericanos Cook y Collins, respectivamente. Ambos mencionan que se cultivaba en jardines y huertos caseros, y que la población la consumía como fruta.  Pero no le atribuyen valor comercial o culinario alguno.

Igual sorprende la incomparecencia de la pasionaria en los siete recetarios de cocina puertorriqueña que se publicaron entre 1909 y 1954. Incluso, en los índices de la Revista de Agricultura de Puerto Rico, tampoco hay algún artículo referente al cultivo de la parcha o a su experimentación agrícola o comercial entre 1919 y 1950. Me parece que esto es indicativo del papel periférico de la parcha vis a vis la guayaba y frutos cítricos como la china o el limón verde en la pequeña agricultura comercial y en la alimentación de los puertorriqueños a lo largo de nuestra historia.

Aunque desde mediados de la década del 1980 comenzó a experimentarse con variedades como la Híbrido Hawái x Brasil, Tres Caras, Gigante de Colombia, Panamá Red y Selección Zamora, a principios de la década de los 1990 la producción disminuyó significativamente. Más adelante, en el 2009, el cultivo local se había recuperado, cosechándose alrededor de 529 mil unidades. Según un estudio del Servicio de Extensión Agrícola de Ponce a cargo de la agrónoma Irene Román, la parcha puede producir alrededor de 190 a 250 libras por planta al año. El propio estudio indica que la cosecha se extiende desde junio hasta principios de febrero.

Atentos a la generosa productividad de la pasionaria, y a la prolongada época de cosecha, los agricultores jóvenes de hoy han comenzado a revitalizar la siembra con fines comerciales. Por eso la encontrarán en los próximos HomeBox de PRoduce!.

Referencias

Agustín Stahl. Estudios sobre la flora de Puerto Rico, Tipografía El Asimilista, 1883

Harold McGee, Food and Cooking: An Encyclopedia of Kitchen Science, History and Culture, Hoder and Stoughton, 2004.

Irene Román Martínez, “La parcha: un cultivo de alta productividad”; en; La Perla del Sur, 5 de diciembre de 2018.

José Luis Díaz de Villegas, Puerto Rico: la gran cocina del Caribe, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2004.

O.F. Cook y G.N Collins, The Economic Plants of Puerto Rico, Washington, Government Printing Office, 1903.

Paloma B. Fernández, Miguel Puig Samper, et. al., Exploración Botánica de las Islas de Barlovento: Cuba, y Puerto Rico, Siglo XVIII, Doce Calles, 1998.

The Cambridge World History of Food, Cambridge, II vols. Vol I., 2001.

¡Qué ñame!

Originario de la costa occidental africana, el «ñame» parece haberse diseminado en las islas del Caribe ya hacia 1540. Alimento central y ritual en buena parte del África Occidental antes de la expansión marítima al Nuevo Mundo, la semilla rotundata parece haber arribado a La Española traído por los esclavistas, o por los propios africanos como parte de sus equipajes alimentarios furtivos. La primera mención que se hace del tubérculo data de principios del siglo XVI en la Historia General y Natural de las Indias del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo. En su obra Oviedo comenta lo siguiente:

“El ñame es una fructa extrangera é no de aquestas Indias, la qual se ha traydo á esta nuestra Isla Española é á otras partes destas Indias : é vino con esta mala casta de los negros , é háse fecho muy bien , é es provechosa é buen mantenimiento para los negros , de los quales hay mas de los que algunos avieren menester , por sus rebeliones. Estos nnames quieren pareser ajes; pero no son tales , é mayores que ajes comunmente. Cortados á pedazos, se siembran soterrándolos un palmo debaxo de tierra , é nascen; é assi vinieron los primeros, é después de la planta é rama que hacen, se han multiplicado mucho en las islas que hay pobladas de chripstianos, é assi mismo en la Tierra-Firme; é es buen mantenimiento el ñame”

 A partir del siglo XVI, la generosa Dioscorea se convirtió en complemento de los amiláceos autóctonos taínos, como la yautía, la batata, los lerenes, la calabaza, y la yuca. A la diseminación agrícola del ñame sin duda ayudaron las sabidurías agrarias y culinarias de los africanos que arribaron a Puerto Rico en los siglos venideros, así como también auxiliaron los deseos de reproducir platos que les eran tan familiares en la alimentación de sus regiones de partida, como el amuyale, el ata y el fufu. Este último era una elaboración de ñame hervido y majado en un pilón que circuló –y aún circula por las islas del Caribe–, al que podían añadirse varias viandas salcochadas -y también plátano verde- y que se amasaba a modo de una barra de pan.  El «fufu», que fue propio de las etnias yorubas, parece haber sido el origen- si seguimos la técnica del majado- de lo que hoy en Puerto Rico se conoce como «mofongo» – este último hecho fundamentalmente con plátano.

Con el paso de los años, el ñame incrementó su complementariedad en la alimentación porque no se desarrollaba en un ambiente agroecológico distinto al de su región de origen, tenía una alta capacidad de conservación –en la misma tierra o si se colocaban amontonados en cenizas y bien cubiertos en lugares secos–y había variedades que podían sembrarse y cosecharse durante todo el año, como es el caso del Ñame de Guinea Blanco, uno de los más apreciados en Puerto Rico hoy.

Pero todos los testimonios antiguos comprueban que el tubérculo se cultivó más en las talas pequeñas campesinas como fuente de comida accesible y segura. Es por eso que en su Historia Civil y Natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, el fraile Iñigo Abad encuentra que el ñame forma parte de la simple comida de los campesinos. Dice Abad, a fines del siglo XVIII: «su vianda [término empleado con el significado de comida o sustento diario y común] se reduce a una olla de arroz o de batatas, ñames, calabazas o de todo junto». Por otro lado, en términos alimenticios, el ñame añadía volumen a las ingestas y permitía obtener energías: 93% de las calorías que se obtienen por cada cien gramos de porción comestible de ñame se ganan de los carbohidratos.

Sorprende sin embargo la escasa presencia del ñame –hervido o al vapor–, envuelto en hojas de guineo- como el amuyale y el ata mencionados arriba. La forma más común de cocinarlo en Puerto Rico fue- y aún es- hirviéndolo en agua con sal, es decir, salcochándolo.

Al comenzar el siglo XX, las variedades más cultivadas y apreciadas en Puerto Rico eran el Ñame de Guinea Blanco, en la parte occidental de Puerto Rico; el Ñame de Guinea Amarillo, en la parte norte y oriental de Puerto Rico, y el Ñame Mapuey Morado. Este último, de pulpa violácea, era reputado por los comensales como el de sabor más suave, con una textura cremosa y sin fibra. 

Otras variedades de menor aceptación eran el Ñame de Agua, – de inferior calidad por su textura fibrosa-, y el Ñame de Agua Redondo – que era de producción baja, además de que era muy susceptible a pudrición temprana. Durante los 1930 los agrónomos de la Estación Experimental Agrícola se encargaron de introducir otras variedades, algunas de las cuales existen aún en la agricultura puertorriqueña, pero sembradas en pequeña escala. Fueron estas el Ñame Espino, el Ñame Portugués, el Ñame St. Vere y el Ñame Ceylon.

La producción del generoso tubérculo durante la primera mitad del siglo XX fue estable, alcanzándose cosechas de hasta 25.8 millones de libras (la menor entre 1929 y 1954 fue de 16.2 millones). Importante por demás es el dato de que, al finalizar la década del 1930, el 100% del ñame consumido en Puerto Rico era producido por los agricultores isleños. No obstante, las preferencias de los consumidores se inclinaban a favorecer a la batata (62 libras anuales por persona), luego a la yautía (30 libras por persona) y en tercer lugar al ñame (10 libras por persona). ¿Habrá sido debido a su alto costo? La libra de batata costaba en el mercado 1.8 centavos, y la de ñame unos 3.1 centavos.

En términos culinarios el ñame se confeccionó, principalmente, de forma hervida, como he dicho, algo que no debe sorprendernos si pensamos en los pocos emisores de fuego y los escasos equipos que tenía la mayoría de las cocinas.  Pero la literatura culinaria demuestra que había formas diferentes de prepararlo. El recetario The Puerto Rican Cookbook (1948), recopilaba 8 recetas con ñame, incluyendo croquetas y ñame al curry. Berta Cabanillas, en su libro Cocine a Gusto (1950), presenta tres recetas, y una de ellas nombrada sufflé de ñame.  Carmen Aboy, autora de Cocina Criolla (1954), incluye una, la de buñuelos de ñame.

Con la industrialización de Puerto Rico y las grandes migraciones a la “bajura”, entre 1960 y 1970 comenzó a decaer el área cultivada en los antiguos municipios dedicados a su siembra, y la producción del tubérculo – y de otros farináceos como la yautía y la malanga- empezó a mostrar curvas descendentes. Desde el año 2000 hasta el 2016, la producción del africano tubérculo ha tenido cosechas de entre 2.3 millones de libras anuales (la más baja, en el 2010), y 9.04 millones de libras (la más alta, en el 2013). La última cifra ofrecida por el Departamento de Agricultura es para el 2016, y reportó una cosecha preliminar de 3.6 millones de libras. Pero los números ya no son los de principios del siglo XX.

Claro, esto no quiere decir que el aprecio culinario y alimenticio de las diversas variedades de ñame haya perdido terreno en nuestras prácticas alimentarias. Un muy buen ejemplo hoy día es la casi obligatoriedad de acompañar chicharrones de cerdo con ñame – ¡si es de nuestros agricultores mucho mejor! Así como añadir una raja e ñame a la sustancia del reconfortante sancocho.

Referencias

William Bascom, «Yoruba Food»; en África, vol. XXI, núm. 1, 1952.

William Bascom, «Yoruba Cooking»; en:África, vol. 21, núm. 2, 1952.

Tadeusz Lewiki, West African Food in the Middle Ages, Cambridge University Press, 1974.

Fernando Ortiz, “La cocina afro-cubana”; en: Revista Bimestre Cubana, vol. 18, núm. 3, 1923.

Gobierno de Puerto Rico, Departamento de Agricultura, Oficina de Estadísticas Agrícolas, Importación y Consumo de Ñames, 2000- 2016.

United States Bureau of the Census and United States Department of Commerce, Puerto Rico, Census of Agriculture, 1969.

Fran Osseo-Asare, Food Culture in Sub-Saharan Africa, Greenwood Press, 2005.

Julio S.Simons, “El cultivo del ñame en Puerto Rico”; en: Revista de Agricultura de Puerto Rico, vol. 26, junio de 1931.

Iñigo Abad y Lasierra, Historia Civil y Natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. Editorial UPR,1955.

Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, Imprenta de la Real Academia Española de la Historia, 1855.