El pastel navideño: lo que somos, envuelto en hojas de plátano

Por: Edmy Ayala

Todos los años, la ardua pero satisfactoria labor de confeccionar un suculento manjar de sabores y resguardarlos entre hojas de plátano es suficiente para atraer a Mirta a Puerto Rico. Ese no es su nombre real; Mirta no quiso revelar su identidad. Tampoco su hermana “Brenda”.

No es necesario. La fuerza de su relato no descansa en sus nombres, sino en la esencia.

Una vez en su pueblo, y después de varios minutos perdida, logré dar con la casa y me estacioné. Brenda y Mirta se criaron en aquel hogar, cerquita del río que cruza su pueblo; en una curva que, para el que no es local, puede resultar intimidante. Es una casa pequeña con un pasillo ancho que la atraviesa de lado a lado, y va desde la sala hasta el patio. Allí estaban sentadas Brenda y Mirta, en una mesa plegable, con un caldero en cada lado: uno con la masa y el otro con el relleno.

Después de verme llegar con cámara y libreta en mano, y de explicarle que mi intención era entrevistarla (y fotografiarla) como productora de pasteles con motivo de la época navideña, me preguntó: “¿Me vas a retratar? No, no. Hazme todas las preguntas que quieras, pero fotos así no”.

“Así” era un sencillo atuendo: camisa de algodón, mahón, y los famosos zapatos de “estar en la casa”: flip-flops. Era la ropa perfecta para su labor. Para todo el que sabe cómo se hacen los pasteles, debe estar claro que hay que vestir ropa cómoda. También se debe tener a la mano una buena salsa, o merengue, para mantener los ánimos y la energía. Al menos, esa es la receta de la familia de Brenda, y parece funcionar.

“La primera vez que hice, hice para la casa. A todo el mundo le gustó”, aseguró Brenda.

“Pero tú llevas como 20 años, ¿verdad?”, le dijo Mirta en un tono de esos que buscan dar mérito donde se debe. “Sí, pero ahora no me estoy dedicando tanto a esto”, respondió Brenda. “Ella vino y va a llevar para Estados Unidos”, añadió, como si estuviera confirmando la magia que cocinaba en aquel caldero.

Brenda tenía un espacio de producción detrás de su casa con neveras, estufa… pero lo perdió con el huracán María. A pesar de eso, los pedidos, algunos de años, estan en espera. Según ellas, la masa es única, y muy aclamada.

“Yo no hago pasteles de guineo. La masa queda negra. Tampoco me gusta la textura que da”, confesó Brenda después de preguntarle qué es lo que distingue su masa.  “La mayoría de la gente que vende pasteles los hace con guineo, yo no. Mira como queda”, me dijo mientras extendía el cucharón de metal por encima de la mesa para que yo pudiese ver de cerca lo anaranjado-amarillento de la masa que con atención preparaba. “Yo uso plátano, calabaza, y yautía”, expresó.

“A mí me los piden hasta de masa sola, mamá”, añadió. Admito que no pude evitar reirme. Doña Brenda me acordó a mi mamá, a mis tías… Ella no estaba alardeando, ella estaba reafirmando lo orgullosa que se sentía de confeccionar una masa con los mejores ingredientes y la mayor dedicación.

Mirta, su hermana, quien mientras yo conversaba con Brenda permanecía callada envolviendo cada pastel en hojas de plátano recogidas y amortiguadas por su hermana, es doctora en Estados Unidos hace 30 años. Pero, todos los años hay algo que la trae de vuelta: su familia, y la promesa de un cálido bembé navideño en la Isla que la vio crecer.

“Es tradición porque aveces nos reunimos todos y los hacemos para estar juntos. Pasamos el día juntos. Bebemos café, cerveza, lo que aparezca”, confesó Mirta con una sonrisa.

“Nosotros eramos siete, murió el mayor”, continuó Brenda. Lo sombrío se desvaneció cuando justo después añadió que sus “pasteles han viajado a España”.

Las Navidades sin pasteles

Un año en que no hubo junte pastelero fue el 2017, las Navidades después de María.

“Ese año no encontramos nada…”, dijo Brenda con frustración en su voz.

Perdimos el 80% del café, los plátanos y guineos con el paso del huracán María. El embate pudo más que los troncos de los plátanos y guineos, más que las yautías y sus raíces, y más que la calabazas y sus enredaderas. Hace pocos meses que nuestras siembras comenzaron a dar frutos. 

“Los hacemos en esta época porque el pastel es característico de la Navidad. ¿Qué Navidad uno va a celebrar sin pasteles, coquito, arroz con dulce y lechón?”, cuestionó Mirta.

Creo que en esa expresión esta guardada la razón por la cual el espíritu navideño colmó a muchos antes de tiempo, incluso antes de la celebración de Acción de Gracias: quizá las Navidades del año anterior no se sintieron como Navidad porque no tuvimos pasteles…

“Sí habían, pero eran de masa de esa congelada que trajeron… yo no la toqué”, denunció Brenda.

El valor del pastel

“En nuestra historia gastronómica, el pastel navideño compone un plato que reúne los recursos agrícolas y ganaderos, las técnicas y las memorias culinarias de los diversos grupos humanos que nos dieron carácter como pueblo”, según el Dr. Cruz Miguel Ortiz Cuadra, doctor en Historia Gastronómica Puertorriqueña.

Esto dado a que en su confección se presentan “las tradiciones culinarias de los indígenas taínos (ají, yautía, calabaza, y achiotes); de los extremeños, andaluces y castellanos (alcaparras, garbanzos, pasas, aceitunas, almendras y cerdo); y de los africanos occidentales y los canarios (plátanos y guineos). Por eso, no nos equivocamos si le decimos a un extranjero que el pastel es una confección mestiza”.

El pastel es un plato exquisito que, no solo cuenta con los siete grupos alimenticios, haciéndolo hipernutrititivo, sino que en él también está  guardada nuestra historia. Nuestra historia social, política, económica, y racial.

Somos negros, somos indios, somos españoles, somos los que vivimos aquí, y los de la diáspora. Año tras año, este plato nos ofrece una oportunidad de recordar quiénes somos. Y no solo eso, si no muchos encuentran en su tradicional confección una oportunidad de amar y disfrutar de los suyos.

Mirta y Brenda, como muchas otras familias puertorriqueñas, han hecho de la Navidad un punto de reencuentro. Tristemente, en el caso de su familia, este encuentro termina con Brenda llorando al ver partir a su hermana. Pero, a pesar de tener claro que después de la preparación y el bembé navideño, vendrá el adiós; las risas, el café, el honrar la unión que instaló su madre en ellas, y presentar a “los primos con los primos, para que se conozcan”, es suficiente para que Mirta, Brenda, y el resto de su familia, coincidan.

Parece ser que en aquella curva frente al río todos los años habrá pasteles, pero solo de plátano, yautía, y calabaza. Nada más, ni nada menos. 

“La familia es lo único que se tiene. Hay que llamarse y verse más”, me dijo Mirta al final de la entrevista.

Antes de despedirme, no pude evitar hacerle a Brenda la controversial pregunta: ¿Con pasas o sin pasas? “Sin pasas, a nadie le gustan”, me respondió con igual grado de resignación y picardía. En cuanto al pique: “¡A su gusto!”.

Y, aunque me fui de la casa frente al río sin probar aquellos pasteles que prometen cambiar vidas, me fui reconociendo en un plato autóctono de Puerto Rico la unión inquebrantable de toda una familia. Ni un estrecho del Océano Atlántico puede evitar que nuestra diáspora añore los pasteles, porque con cada pastel, nos encontramos a nosotros mismos. 

 

¿Te picó la curiosidad sobre la historia de los pasteles? Deja que The Foodstorian te cuente. 

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Edmy Ayala es periodista independiente y creadora de contenido.

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