Pitahaya: la fruta del dragón

Hylocereus undatus – H. costarricensis – H. triangularis

“es coloradísima como un carmesí rosado… y está por de dentro llena de granillos…”
– Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias de la Mar Oceana, 1527

La pitahaya es una fruta tropical de la familia de las cactáceas. Es originaria de las zonas subtropicales de América Central. El cactus – así como su fruta- debió llegar al Caribe insular traído en las canoas de los indígenas agro-alfareros que poblaron las islas venidos de Mesoamérica y del norte suramericano. En estas zonas, la pitahaya se había domesticado mucho antes del descubrimiento europeo de América. Actualmente, en los vocabularios agrícolas de muchas partes de América Latina, se le conoce con diversos nombres: Cactus trepador, Reina de la noche, Pitahaya, Flor de cáliz, Pitajaya y Pitaya, entre otros. De esta se conocen tres variedades, la undatus (de piel rosada y pulpa blanca), la costarricencis (de piel rosada y pulpa roja) y la trianagularis (de piel amarilla y pulpa blanca)

El cactus, que es rastrero y a la vez trepador, no requiere de muchos cuidados cuando se siembra en pequeños huertos para cosechar su vistosa y agradable fruta. Sus raíces no demandan mucha profundidad, amén de que posee otras que le alimentan y que crecen adheridas a la superficie por donde trepa, incluyendo entre las rocas. Aun cuando se puede propagar de semilla, el Hylocereus crece más rápido cuando se siembra de espeques. Una vez arribado al Caribe Insular, la pitahaya debió adaptarse con facilidad al clima caribeño, pues prefiere temperaturas cálidas y húmedas con buena luminosidad, como ocurre en muchas de nuestras geografías insulares.

Siembra de pitahayas

Hacia 1527, la pitahaya rosada (Hylocereus costarricensis -rosada con pulpa roja-, y la pitahaya amarilla (Hylocereus trianagularis, amarilla con pulpa blanca) fueron descritas por primera vez -para el público letrado español-, por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo. Respecto a la rosada dijo: “está por de dentro llena de granillos, como un higo; más esos están mezclados con una pasta y carnosidad…. de color de un fino carmesí rosado y toda aquella mixtión de los granillos y todo lo demás se come…”

Si bien el cronista consideró que era “sana fruta y a muchos les sabe bien”, comentó, sin embargo, que “yo escogería otras antes que a ella.” Muy posiblemente el disgusto le venía por el hecho de que la ingesta de la fruta de pulpa rosada carmesí (la costarricensis), le coloreaba la orina. Al respecto dijo: “Desde a dos horas que se comen dos o tres de ellas, si orina el que las comió, parece verdadera sangre lo que echa.”

En el caso de Puerto Rico, la propagación de la pitahaya -desde el siglo XVI en adelante-, fue ayudada por el clima y algunas características geomórficas (los batolitos, por ejemplo). Igual, debió propagarse de forma silvestre, polinizada, no por abejas, sino por murciélagos y mariposas nocturnas. Al igual de como ocurrió con frutales originarios (algarrobo, anón, jagua, piña, mamey, quenepo, y un largo etcétera), la pitahaya ocupó el paisaje isleño de forma silvestre, dando paso a que su nombre indígena (pitahaya) se convirtiera en apelativo de varios barrios y comunidades de Puerto Rico. En este caso existen sectores y barrios que llevan el nombre de pitahaya en los municipios de Arroyo, Luquillo, Cabo Rojo y Humacao. Y hasta un río en Luquillo y una quebrada en Guayama también lo llevan. Por eso me resulta curioso que en sus estudios sobre la flora de Puerto Rico (1883), el botánico aguadillano Agustín Stahl fuera muy parco al describir las cualidades bromatológicas y gustativas de la fruta. Pero quedó maravillado, no obstante, con su flor. Como sabemos los que tenemos pitahayas, las flores son blancas, grandes, vistosas y solitarias. Su floración ocurre al atardecer entre agosto y septiembre -¡a la vez que brotan sus frutos!-, y permanecen abiertas toda la noche, esparciendo un fragante aroma que dura hasta que sale el sol. Por eso Stahl anotó: “difunden un olor muy fuerte parecido a la vainilla”. Más adelante (1900-1903), los botánicos americanos Orator F. Cook y Guy N. Collins la documentaron en Guayanilla, Coamo y Guayama. En este último municipio, los científicos probaron la fruta por primera vez, describiéndola como una planta “that bore large edible fruits with a delicate and very refreshing flavor.”

El nombre Fruta del Dragón con que también se conoce a la pitahaya, fue acuñado por los vietnamitas, a donde llegó el cactus llevado por los franceses en una expedición que recaló en México en ruta a las Filipinas. En vietnamés, se le llamó Thanh Long, pues su planta y la forma como se entrelaza para trepar se le pareció al aspecto serpenteado del cuerpo de un dragón, animal fabuloso y mítico muy popular en Asia.

En la taxonomía botánica, la pitahaya lleva el nombre de Hylocereus, un hermoso vocablo
compuesto del griego y el latín que significa “cirio de las selvas” (hulos: selva y cereus, cera o vela). Agraciado nombre éste, pues, como se sabe, sus flores abren durante el crepúsculo. Si las observan más adentrada la noche, sobre todo en agosto o septiembre, se darán cuenta que están orientadas hacia la luz de la luna.

Así las ví, como cirios encendidos, la noche que escribí estas líneas. Estaban mirando a la Luna… y eran las 10:15 pm.

Author: Cruz Miguel Ortiz Cuadra, Ph.D

The Foodstorian - Doctor en Historia Gastronómica Puertorriqueña

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